lunes, abril 03, 2006

La Emperatriz (capítulo II)

El sortilegio

Después de tanto, de tantas lágrimas, de tantos gritos ahogados y de tantas esperanzas desatendidas, Julia se sentía con una certeza entre sus manos. ¿Quién podría decir lo mismo? Una certeza entre las manos, eso no lo puede sentir cualquiera. Quizás Dios. Ni tan siquiera el Diablo aunque siempre lo deseara.

Julia se sonreía para sus adentros. Lo tenía y podría hacerlo. Ella en definitiva era una Reina Blanca y podía activar la generación en los tres mundos. Había llegado a la conclusión de que era el momento, iba a hacerlo y ya con los tres libros sagrados en su poder, podía llevarlo a cabo sin más dilaciones. Después de todo ya nadie era inocente, nadie podía serlo y menos ella.

Julia cerró los ojos por unos segundos antes de empezar con la ceremonia y se preguntó qué debía sentir el hombre que salió por primera vez a la caza de la ballena, de un amor o del vellocino de oro aún antes de los tiempos en que todas estas historias se contaran, cuando el hombre era realmente inocente. Antes en el tiempo cuando el hombre hubiera visto el primer cometa, el primer eclipse o el primer nacimiento de las entrañas de la mujer que amara. Hacía tanto tiempo que nada era inocente.

Julia era una de las depositarias del Libro Sagrado junto a Marla y Úrsula. Era la Reina Blanca de la Magia como La Emperatriz (la coincidencia del momento le hacía graciay se habría puesto a reír si no estuviera tan concentrada en los pasos del ritual). Tenía los poderes de La Emperatriz, tenía poderes sobre el sexo opuesto, poderes extraordinarios para conjurar filtros de amor, disponer de la propia vida y para influir en la de otros. Como La Emperatriz podía usar su influencia mental a distancia para alterar la voluntad de las personas, lo sabía, lo sabía y le había dado sus resultados, sus buenos resultados con Marla y Úrsula. Había, además, conseguido engañar a su antigua compañera y amiga en el Coven del Sexto Orden,Janira (o eso al menos creía), que era una Papisa de primer Orden, que tenía los poderes para Reinar con los cielos y hacerse servir por todo el infierno. Julia, Gran Reina Blanca y Emperatriz, ya lo tenía todo y había esperado que la noche sexta del escorpión y la luna llena llegara implacable.

Julia conocía bien las ceremonias y los rituales, como era propio de su rango. Lo tenía todo: el arco, las flechas y la copa sagrados que le prestara desinteresadamente Janira para su gran sorpresa (todo había sido tan fácil una vez que lo había decidido que le entraban ganas de volver a reírse a carcajadas). Tenía el conjuro de Hécate, Amonet, Artemisa y Diana. Tenía los objetos sagrados que le pertenecían como Emperatriz y Reina Blanca de Freya, Laksmi, Lalita, Venus y Afrodita. Tenía la rosa y el ceñidor de plata y oro.

Se desnudó. Encendió el círculo de fuego y se bañó en el agua de las nueve lunas. Se pintó los signos sagrados con su propia sangre de su menstruación. Los tranquilos ojos verdes de Julia se volvieron dos esmeraldas reptiles. Estaba concentrada al máximo. Empezó a recitar, la voz era aguda como un chillido, su figura parecía la de un cuervo olvidado en medio de aquel bosque de malolientes algarrobos:

- Te invoco Emperatriz, en tu trono de luz, bella y fecunda. Eva la fundadora, Lilith perezca para reconciliar la Unión junto al padre primordial la familia de los hombres. Hágase tu voluntad fecunda para el nuevo ciclo del principio de Orden de los tiempos históricos. Allí donde estés, en tu tumba en Djidda, junto a las orillas del Mar del color de nuestra sangre primordial, de la sangre de la Luna y de nuestra condición de mujer, te honro junto al mar y junto a la montaña sagrada de Arafat. Por el reencuentro, por el reencuentro, por el reencuentro.

Aquella noche, entre podridos algarrobos y la niebla apenas herida por la luz de la luna llena, llovió mientras en los Reinos de los Cielos aullaron las aves sagradas. Cantaron las sirenas y se perdieron los marinos. La Tierra fue un poco más baldía, los dragones más monstruosos y los monstruos más implacables. La bruma lo fue subordinando todo. Los grandes héroes se extraviaron en una noche así, los últimos guerreros ya no volvieron a casa, Ulises perdió la memoria. Víctimas de un engaño en el tiempo, del orden inverso de los orígenes.


Entre aquella niebla fría el cuerpo desnudo de Julia buscaba el calor. Lo buscaba con una convicción silenciosa, obstinada. Su mirada era tan intensa que hubiera atravesado las esmeraldas eternas de las Puertas de la Sabiduría. Lo acorraló. Se quedó recostado sobre la tierra húmeda, con el círculo de fuego tan cerca que podía quemarse. Las manos de Julia llovían sobre él como la niebla, intensamente fría sobre su cabeza, por la cara y los hombros. Julia se irguió despacio, se alzó sobre él y fue descendiendo lenta, lenta, un segundo después del otro segundo, pero sin dejarle ninguna escapatoria. Estaba allí, entre sus muslos profundos, el abrazo a fuego, desesperado, desesperanzado, al filo de la cordura que se escapaba entre su voluntad y la derrota. Nunca hasta esa noche se había sentido violado por una mujer, su mujer. No es a mí a quien abraza, es a su recuerdo, a los sueños que se caen en sus lágrimas, es a lo que añora y no puede soportar añorar, yo no estoy aquí, ¿o acaso sí?

Julia le miró y sonrió y le susurró un canto embriagador al oído. Entonces James ya no pudo saber si aquello era real, o cuánto tenía de real. Estaba con Julia, quería estar con ella y nada más.
Se miraron, se reconocieron y se hizo un silencio eterno de amor profundo.


Continuará...

. . . . . . .

Imagen: Carta 3, La Emperatriz, MoonTrading, 2006

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9:06 p. m.  

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