martes, octubre 24, 2006

La Emperatriz (capítulo XV)


Marla

Estaba tumbada en la hamaca, en la barandilla, esperando a su marido para comer. La asistenta filipina había bajado las blancas persianas por la lluvia, pero había dejado una levantada a medias para que María Laura descansara contemplando el paisaje. Tenía las cartas del Tarot sobre la mesilla, un poco abandonadas.

Los colores del día, cenicientos y pálidos, sólo expresaban las varias tonalidades del calor. Luego la lluvia había dejado paso a un obstinado sol de mediodía. Las cigarras entonaban la melodía oriental en sol mayor que con su ambigua monotonía exacerbaba los nervios mientras los oídos esperaban impacientes la resolución de la lluvia infinita. Detrás del hueco de una persiana levantada parcialmente se veía a Marla con la palidez de la muerte.

Todo le resultaba un espectáculo ajeno, demasiado ajeno incluso. Ella era la extranjera en aquel escenario en el que no se le permitía actuar. Se sentía un mero decorado sin significado, un jarrón chino de dinastía ignota agregado a último momento y que pasaba desapercibido. Lo demás era una canción alegre de furiosa energía a veces tan continua como un añorado murmullo de arroyo entre las piedras. Todo era ahogado no ya por la lluvia si no por el poderoso agitarse de las alas negras de su repentina enfermedad.

- La fuerza de las circunstancias- murmuró para sí sin que nadie la oyera.

No podía estar más prisionera si hubiese estado en una tumba. Y día tras día era lo mismo. Todas las cosas que la hacían reír se habían vuelto pesadas de su propia gravidez ineludible, su cuerpo apenas podía sostener un vaso de agua sin que se le cayera. Era peor tener que esforzarse por aparentar una cierta tranquilidad que su marido, sus hijos, sus amigos e incluso la asistenta le pedían con la mirada velada, incapaces de reconocer que la mujer fuerte que había sido era parte del pasado. Nadie sabía qué hacer con ella y le pedían instrucciones:

- ¿Qué quieres?

Olvidaban la compasión al enfermo primerizo, aquel que ve con horror constante cómo las cosas más simples se vuelven imposibles. Reír, cantar, pensar pueden volverse esfuerzos titánicos como peinarse, lavarse la cara o levantarse por las mañanas o la hora que sea (la mayoría de las veces esta segunda opción se imponía muy a su pesar). Ella no sabía nada, apenas podía respirar. ¿Cómo ser consciente en tales circunstancias de lo que se quiere? Su única obstinación era poder respirar sin que le doliera en los raros minutos durante los que conseguía mantenerse despierta. A veces intentaba con todas sus fuerzas mostrarse como de costumbre, pero su esfuerzo era visible en los ojos.

La lluvia cesaba a ratos y entonces bien aparecía la noche estrellada o el sol de crayón amarillo. Ahora era de noche y las ranas sucedían a las cigarras. Para no atraer a los insectos se habían apagado todas las luces de la casa. La luna era bondadosa y Marla podía ver desde el cuarto en el que la habían instalado el frondoso bosque de palmeras negras. A lo lejos, con grandiosa y determinada pereza la floresta se mecía con el viento, silenciosa, llena de misterio y fatalismo. El aire tenía algo de la acechante determinación implacabilidad de lo que ahora María Laura reconocía como destino.

Continuará...
. . . . . .
Imagen: Arcano La Emperatriz, Tarot de Papus, Paris, 1909.
Más información sobre el Tarot de Papus: pincha aquí.

1 nos cuenta...

Blogger pilar nos cuenta que ...

.... cómo pueden dejarme tan mal unas palabras tan bellas...?

Espero el siguiente momento de Marla, deseo que vea el sol, los colores y que no se sienta extranjera en casa.

Muchos besos, Jime

7:59 p. m.  

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