lunes, septiembre 04, 2006

La Emperatriz (capítulo VIII)

Úrsula


La Gran Maestra no avisó que vendrían a verla. Fue realmente sorprendente. Más tarde confesaría a Úrsula que no le había dicho nada para que los demás no la notaran nerviosa. A Úrsula le molestaría que la Gran Mestra tuviera tan poca fe en sus capacidades y en ella, en definitiva.

Ocurre muchas veces que quien cree que quiere protegernos se oculte tras esa aparente bondad. Lo hice por ti. No. ¿A quién quería engañar? Obviamente a ella misma, la Gran Maestra mentía. Llámame si necesitas algo, diría. Ayúdame si crees que lo necesito, pensaría Úrsula. Con los años había aprendido. ¿A qué? No estaba segura. No, no estaba segura. Tal vez a callarse. Quizás a tomarse tiempo. ¿Prudencia? ¿Sería la prudencia? O simplemente los años la habían hecho ser más lenta y a confiar en lo humano, como una Papisa. Incluso en sus pequeños errores, al fin y al cabo todos tan pequeños como guijarros metidos dentro del zapato. Lo hice por el bien de todos, insistiría la Gran Maestra. Ya desde el inicio de la frase, más bien hacia el “por” comenzaba Úrsula a sentir escalofríos. Fue realmente sorprendente.

Pero volvamos un poco más atrás. Un poco más aún. Justo al momento en que todo está por desarrollarse. Si entramos en la casa de puntillas veremos a Úrsula de espaldas, sentada a la mesa junto a la ventana que da al jardín y al doméstico huerto en la parte de atrás de la casa. Más allá, el bosque. Veremos cómo llegan dos coches y aparcan sin apenas hacer ruido. Más bien danzaban sinuosos hasta detenerse por completo. Son tres: dos mujeres y un hombre. No se hablan, no les hace falta. Se mueven un poco a la izquierda y luego hacia la derecha hasta que la mujer anciana empuja la puerta y hace sonar la campanilla mientras saluda.


Úrsula se giró. Alguien estaba abriendo la puerta. En un pueblo de montaña no hace falta cerrarlas con llave ni aún cuando la casa está un poco apartada, como era el caso, aunque Úrsula lo lamentaría. La hora era inusual. Habían sonado la campanilla y el “hola” casi juntos e igualmente metálicos. Luego, silencio. Fue realmente sorprendente. Por eso Úrsula se giró y abandonó la tirada que estaba estudiando. A medias, ni se le ocurrió taparla como solía hacer. Sus gatos se acercaron a ella, tenían la cola erizada.

Úrsula se giró. Ya no le daba tiempo de proteger las cartas con la tela blanca de seda. Pero sí de dibujar el círculo mágico. De repente, sin el sonido previo de los pasos que se acercan se encontraba frente a la Gran Maestra, el Maestro Mayor y su ayudante. Fue realmente sorprendente. Sonaron las campanas de la iglesia, eran las tres de la madrugada. Los gatos se calmaron aparentemente, Úrsula, no. Se inclinó.

- Querida, querida Úrsula. ¡Hacía tanto que no nos veíamos!- recitaba el Maestro Mayor con los brazos abiertos y continuó- querida, no nos hace falta el saludo ritual, ésta es una... una visita informal.

Y se quedó mirando a Úrsula que no decía nada. La Gran Maestra se acercó y la abrazó.

- No te preocupes- le susurró- lo hacemos por tu bien.

Úrsula sonrió como una niña buena, como una princesa educada mientras se preguntaba de qué bien se trataba pues no había mal. Su mente estaba alerta. La secretaria no dijo nada, se limitó a pasar a la otra sala. Husmeaba. En realidad tenía aspecto de un bicho que se rige por el olfato, su nariz era tan larga una lengua de serpiente. A su paso los gatos desaparecían. Era realmente sorprendente. Úrsula la observaba algo atónita. El Maestro Mayor se acercó por detrás siempre silenciosamente y le indicó:

- Verás, te seré sincero. Para qué andar con rodeos a estas horas, ¿verdad? Hace tiempo que queríamos venir a verte. Pero ya sabes... que una cosa por aquí, otra por allí y ¡abracadabra! Todo se complica.

No podía acabar lo que quería decir porque empezó a reírse a carcajadas y se le unió su ayudante, la Gran Maestra apenas sonreía. Se calmó, suspiró profundamente con una calma fingida y prosiguió.

- Como te estaba diciendo, luego tu tutora nos aseguraba que no había de qué preocuparse. Claro porque no hay de qué preocuparse. Me fié. Ya sabes, tiempos modernos: a veces creemos más en los demás más aún cuando son buenos amigos que en nosotros mismos. Sabes de qué te estoy hablando, ¿verdad?

- Creo que sí- contestó escueta Úrsula.

- Ajá, crees que sí- replicó el Gran Maestro.

- Bueno, quizás deberíamos comenzar por... por el principio, eso es, por el principio- interrumpía la Gran Maestra ligeramente nerviosa. Úrsula la observó y notó unas pequeñas gotas de sudor mal disimuladas sobre el labio superior.

- Sí, todo tiene un principio. Es verdad. Me gustaría, sólo por curiosidad, conocer el principio de todo esto. ¡Pero seamos directos! Querida Úrsula, quizás deberías ofrecernos té, café, pastas- sonreía el Gran Maestro

- Sí, y algo dulce, el viaje me ha agotado, necesito reponer energías- se excusaba la Gran Maestra, todos sabían que Úrsula era una maravillosa repostera.

La secretaria seguía sin mediar palabra, su mente estaba en otra parte, tal vez con su lengua alargada recordando su pasado en alguna selva tupida y sofocante.

Continuará...

. . . . . . . .

Imagen: La Emperatriz, Arcano III, Tarot Céltico

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